
Quienes se escandalizan ante el fin de algunas prohibiciones, lo hacen porque inconscientemente creen que también finalizará la «prohibición del incesto».
En Uruguay estamos discutiendo (año 2012) dos
temas muy importantes: la despenalización del aborto y la legalización de la
comercialización de la marihuana para fines recreativos, es decir, no
necesariamente medicamentosos como ya está autorizada en varios países.
Son dos temas muy polémicos, que convocan
defensas y ataques apasionados.
Lo que se está discutiendo es abandonar la
doctrina del prohibicionismo, que consiste en reprimir severamente aquellas
prácticas que se consideran dañinas para los ciudadanos y para la sociedad.
En los Estados Unidos tuvimos el ejemplo más
popular referido a la prohibición de la comercialización y consumo de bebidas
alcohólicas y que, para mejor manejo de los medios de prensa, se la denominó
metafóricamente «Ley
seca» (1).
Hago
mención a este manejo de los medios de prensa porque todas las prohibiciones
son las proveedoras del material con el que los periodistas llenan páginas y
minutos de televisión y radio, en los diferentes medios de comunicación.
No escapa
entonces al fenómeno, que las prohibiciones tienen un gran beneficio concreto,
esto es, darle ocupación a millones de trabajadores en todo el mundo.
Sin
embargo, las prohibiciones no son efectivas. El prohibicionismo solo favorece a
los delincuentes.
Con sentido
del humor podríamos decir que:
Los métodos
violentos son tan contraproducentes que no sería mala idea prohibirles a los
jóvenes que estudien, que trabajen y que limpien su dormitorio.
Con similar
criterio, quizá fuera ventajoso obligarlos a tener sexo, a masturbarse, a mirar
televisión, a jugar, a hablar por celular y a consumir «drogas divertidas».
Ahora
seriamente digo: las personas que se escandalizan ante el fin de algunas
prohibiciones, lo hacen porque inconscientemente creen que también finalizará
la «prohibición del incesto».
(Este es el
Artículo Nº 1.673)
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