viernes, 26 de junio de 2015

La locura saludable de Mariana



 
Mariana, felizmente se enteró, cuánto puede mejorar su calidad de vida conocerse un poco más, enterarse de que algunas fantasías que parecían aberrantes y enfermizas, son normales siempre que no se pongan en práctica.

Después de muchas idas y venidas, consultas, conversaciones telefónicas nerviosas, entrecortadas, Mariana se decidió a iniciar un tratamiento analítico.

Las dificultades económicas que me planteó como principal obstáculo para el inicio, me llevaron a pensar que su mayor inhibición refería al deseo, a la represión del deseo. Por su edad, (48 años), pensé en la menopausia y casi me convencí de que el deseo frustrado tendría mucha vinculación con la sexualidad.

Un psicoanalista no debería permitirse estas reflexiones, pero todos las hacemos, todos sentimos ansiedad ante un nuevo caso, todos somos humanos, todos nos ponemos nerviosos e inseguros ante cualquier nuevo desafío. Todos terminamos generalizando siendo que técnicamente es contraproducente cualquier generalización.

Las primeras sesiones no fueron muy interesantes. Bloqueaba las comunicaciones más comprometidas, fue muy intrigante, a veces quería seducirme con miradas callejeras de alto impacto y/o con cruces de piernas mejor ubicados en un pub.

Estos ataques eran efectivos. Me provocó algunas sensaciones en la pelvis, pero lo importante era que venía recomendada por un maestro de mucho poder en nuestro gremio y, además, yo estaba muy necesitado de conseguir y mantener pacientes.

Por fin Ronaldo apareció en su discurso. Me contó que tuvieron un noviazgo de elevada temperatura erótica, con vacaciones en playas solitarias, con acciones demasiado expuestas a ser castigadas por atentado violento al pudor. Un inesperado embarazo adolescente los animó a formar un matrimonio. Llegaron los hijos y todo anduvo más o menos bien, excepto en el aspecto sexual pues ella ya no gustaba de él y él se tornó triste, desganado hasta para tener vínculos extramatrimoniales.

Estuvo aburriéndome durante varias sesiones con agotadoras descripciones de Ronaldo y de su yerno. Los componentes más fatigosos referían a la moral, al cristianismo, a la corrupción en el gobierno. Estaba machaconamente santurrona. Para no desentonar, venía vestida con pantalones y blusas cerradas hasta el cuello. Sin perfume.

¿Dónde estará escondido su desbordante erotismo?, me preguntaba yo inútilmente.

Un día dejó de venir. Sin mediar explicaciones, me envió los honorarios adeudados por intermedio de su hija. Aparentemente había concluido el tratamiento de Mariana.

Sin embargo, no. Una mañana me dijo por teléfono que necesitaba hacerme una consulta urgente, sin importar a qué hora tuviera que venir. Me adelantó que la situación con Ronaldo se le había ido de las manos.

Aunque no hubiese tenido tiempo disponible igual le habría hecho un lugar en mi agenda porque logró excitar mi curiosidad.

Cuando vino a las seis de la tarde, lucía pálida. El consumo de cigarros era compulsivo. Sus pies se movían fuera de control. Me dijo que con su esposo estaba teniendo una conducta sexualmente descontrolada. Que lo deseaba como si fuera una ninfómana; que él primero se había alegrado pero que ahora estaba esquivo, abrumado. Quizá asustado por la acometividad de ella.

Creo que quiso sorprenderme y yo también pensé que toda esa comunicación tendría que haberme sorprendido. ¿Por qué no me sorprendió?

Una vez vomitada su novedad erótica, nos quedamos en silencio. Yo no sabía qué estaba ocurriendo con mi falta de reacción, hasta que apareció una pequeña idea en mi cabeza.

— Hablemos de incesto, Mariana—, le dije casi sin pensarlo y ella saltó en el asiento.

Se puso de pie como para irse, llegó a tocar el pestillo de la puerta, lo soltó con un gesto bastante teatral e histérico, se sentó nuevamente y me dijo:

— Bueno, está bien. He tenido fantasías aberrantes con mi nieto de 10 años. Que lo bañaba, lo acariciaba, que su pene se endurecía, que, ante esa escena, mi fascinación era diabólica. Mi deseo de hacer el amor con Ronaldo estaba provocado, en realidad, por esa inconfesable fantasía. Estoy loca, no me mientas, me aterra lo que me está pasando.

— No, Mariana, no estás loca. Casi nadie sabe que la prohibición del incesto sirve precisamente para excitar la sexualidad, no para bloquearla. Cuanto más prohibido esté tu nieto para tí más intenso y duradero será tu deseo sexual hacia tu esposo. Estás teniendo suerte. ¡Disfrutala!

(Este es el Artículo Nº 2.204)

jueves, 5 de marzo de 2015

sábado, 3 de enero de 2015

sábado, 4 de octubre de 2014

Significante Nº 1.944d




Enseñar sobre sexualidad a los niños parece fácil para quien olvida que las preguntas sobre el incesto no tienen aun respuestas satisfactorias.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Plagio



 
Este es un relato, erótico y angelical, sobre un tema gravísimo (la prohibición del incesto) y un tema poco importante (el plagio).

Mariana nunca estuvo segura de si su hermanastro quiso o no quiso hacer algo indebido con ella. Cuando ella tenía seis años, adoraba las siestas en las que él la invitaba a compartir la cama, para acariciarle el cabello mientras la miraba. Tejía infinitas historias inspiradas en la inexplicable sonrisa de ella.
Al muchacho no le importaban las historias referidas al posible incesto, solo quería estar seguro de que un placer carnal no estropeara las mágicas fantasías que le llegaban desde el cabello ligeramente ondulado de la niña.
Ella lo miraba en la penumbra, sin hablar, apenas sonriendo. En ese éxtasis pasaban dos o tres horas hasta que los ruidos de la casa los sacaban del ensimismamiento y Mariana se iba para su dormitorio antes de que la madre entrara a despertarla.
Él no tenía erecciones pero cuando la hermanastra se iba, quedaba poseído de febriles imaginaciones que volcaba en interminables páginas. Personajes fantásticos podían todo lo que ningún humano podría.
El placer de Mariana era un poco más carnal. Cuando tenía diez años solo pensaba en ser su esposa y tener muchos hijos que se parecieran al hermanastro.
Después de la menarca y de la aparición de senos incipientes, ella comenzó a acariciar la mano que le acariciaba el cabello. En pocas siestas más, decidió quitarse la ropa; la piel de uno y de otro se fusionaron. Entonces la erección fue inevitable.
Tenían 14 y 19 años. Desnudos se acariciaron con manos hambrientas y obscenas. Se abrazaron; él la apretó contra sí. Ella comenzó a besarle los labios, el cuello, los pectorales, el vientre, los testículos, el pene. El semen le provocó una tibia caricia en el esófago. Él no paraba de acariciar el cabello de la muchacha imaginando mundos irreales, de bordes borrosos, aromáticos.
La febril escritura cambió de tema. Ahora describía violentos combates de ángeles contra demonios. Nadie leía aquellas historias. Ni siquiera el mismo autor.
A los 15 años ella quedó embarazada. Estaba feliz pero sabía que no contaban con recursos económicos para vivir juntos.
La mamá de Mariana, muy vinculada al mundo de la literatura, habló con un colega y, en poco tiempo, aquellos relatos fueron publicados con la firma de alguien muy famoso que todos conocemos; usted ni se lo imagina. Por temor a las represalias no me animo a denunciarlo.
(Este es el Artículo Nº 2.235)