viernes, 5 de octubre de 2012

Lo prohibitivo



   
Podría decirse que los bienes y servicios ‘prohibitivos’ no son molestos para todo el mundo.

En la Biblia, en el libro del Génesis (Gen 2, 16-17), encontramos la primera prohibición. Dios le dijo al hombre: “Come si quieres del fruto de todos los árboles del paraíso: Mas el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas: porque en cualquier día que comieras de él, infaliblemente morirás.

Según el Diccionario combinatorio del español contemporáneo dirigido por Ignacio Bosque, la palabra «prohibitivo» se la encuentra asociada con los siguientes vocablos: cantidad, cifra, coste, gasto, nivel, precio, suma.

Ejemplos: «El precio del alquiler es ‘prohibitivo’»; «Ciertas necesidades están en un nivel ‘prohibitivo’»; «Podremos casarnos cuando el coste de vida deje de ser ‘prohibitivo’ para nuestros ingresos».

Se le atribuye al escritor español Camilo José Cela (1916-2002): “Prohibir por prohibir es más cómodo que eficaz y también más arbitrario que inteligente.

Me animaría a decir que las prohibiciones son un condimento social. Ellas nos alteran la convivencia interponiéndole obstáculos a la libertad.

Si observamos lo que realmente ocurre, tendríamos que concluir que ni las prohibiciones son tan antipáticas ni la libertad es tan deseada.

En este blog he comentado muchas veces la más grande de las prohibiciones: la prohibición del incesto, esa que nos impide de forma totalmente silenciosa, discreta pero fortísima, tener relaciones sexuales con nuestros familiares.

Tanto la moderada molestia que nos provocan las prohibiciones, como la moderada satisfacción que sentimos con la libertad, como la relativa comodidad como sobrellevamos la prohibición del incesto, nos llevan a pensar que los precios ‘prohibitivos’ quizás no sean universalmente molestos como se piensa.

Si aceptáramos esto, también podríamos decir que evitar tener mucho dinero nos aumenta la cantidad de bienes y servicios que nos resultan ‘prohibitivos’.

(Este es el Artículo Nº 1.675)

La gravedad de una infidelidad



   
Un cónyuge que desea ser infiel, evalúa la gravedad de la acción de forma mucho menos grave que el otro.

Una frase que diga: «La unión monogámica es un acuerdo colaborativo aunque de perjuicio mutuo», probablemente haría pensar que contiene ideas eruditas, densas, profundas.

En realidad no es más que una idea sencilla redactada de forma rebuscada.

Trataré de simplificarla para quitarle esa oscuridad que dificulta entendernos usted y yo.

«...es un acuerdo colaborativo», porque esencialmente nos juntamos para ayudarnos, para gestar hijos, para complementarnos en las variadas tareas que requiere mantener una familia: limpiar, reparar, cocinar, conseguir recursos económicos para comprar insumos alimenticios, combustibles, cubrir los costos de alojamiento, y todo lo que habitualmente hacemos en un hogar.

«...aunque de perjuicio mutuo», pretende describir todo aquello que disfrutábamos cuando éramos solteros, estudiantes, huéspedes en la casa paterna.

Esta promesa de abstención es muy dura, difícil de sobrellevar, especialmente porque en lo más profundo del corazón anida una idea muy fuerte: «quiero satisfacerme pero no soportaría que mi cónyuge también lo hiciera».

El punto más complicado refiere a la primera parte de la frase: «La unión monogámica...».

Cada integrante de la pareja puede desear tener relaciones extraconyugales y se da cuenta que eso no perjudicaría objetivamente al otro.

Si alguno de los dos planteara esa posibilidad, casi seguramente encontraría una férrea oposición. Es bastante realista entonces que aquel integrante de la familia que decida tomar la iniciativa, tenga que mentir, engañar, traicionar, siempre en la convicción de que no está haciéndole daño al otro y que un planteamiento explícito contaría con un categórico «¡no, ni se te ocurra!»

Aunque estamos hablando de palabras terribles como son mentir, engañar, traicionar, cada cónyuge infiel se sentiría honesto, casto, inocente, pensando «Solo sufriría enterándose y ¿qué tiene de malo si la/lo sigo amando?»

(Este es el Artículo Nº 1.693)

martes, 4 de septiembre de 2012

El temor al fin de la prohibición del incesto



   
Quienes se escandalizan ante el fin de algunas prohibiciones, lo hacen porque inconscientemente creen que también finalizará la «prohibición del incesto».

En Uruguay estamos discutiendo (año 2012) dos temas muy importantes: la despenalización del aborto y la legalización de la comercialización de la marihuana para fines recreativos, es decir, no necesariamente medicamentosos como ya está autorizada en varios países.

Son dos temas muy polémicos, que convocan defensas y ataques apasionados.

Lo que se está discutiendo es abandonar la doctrina del prohibicionismo, que consiste en reprimir severamente aquellas prácticas que se consideran dañinas para los ciudadanos y para la sociedad.

En los Estados Unidos tuvimos el ejemplo más popular referido a la prohibición de la comercialización y consumo de bebidas alcohólicas y que, para mejor manejo de los medios de prensa, se la denominó metafóricamente «Ley seca» (1).

Hago mención a este manejo de los medios de prensa porque todas las prohibiciones son las proveedoras del material con el que los periodistas llenan páginas y minutos de televisión y radio, en los diferentes medios de comunicación.

No escapa entonces al fenómeno, que las prohibiciones tienen un gran beneficio concreto, esto es, darle ocupación a millones de trabajadores en todo el mundo.

Sin embargo, las prohibiciones no son efectivas. El prohibicionismo solo favorece a los delincuentes.

Con sentido del humor podríamos decir que:

Los métodos violentos son tan contraproducentes que no sería mala idea prohibirles a los jóvenes que estudien, que trabajen y que limpien su dormitorio.

Con similar criterio, quizá fuera ventajoso obligarlos a tener sexo, a masturbarse, a mirar televisión, a jugar, a hablar por celular y a consumir «drogas divertidas».

Ahora seriamente digo: las personas que se escandalizan ante el fin de algunas prohibiciones, lo hacen porque inconscientemente creen que también finalizará la «prohibición del incesto».

 
(Este es el Artículo Nº 1.673)

La inutilidad práctica del estudio




El fracaso escolar, masivo, alarmante, ocurre porque nadie sabe explicar a los estudiantes por qué tienen que aprender conocimientos claramente inútiles.

Para poder tomar vino, tenemos que sacarlo de su botella; para poder comer bananas tenemos que quitarles la cáscara y para poder aprovechar la energía de las nuevas generaciones, tenemos que sacarles todo el narcisismo posible.

El narcisismo es una especie de ceguera funcional. Aunque disponemos de los cinco sentidos desde muy pequeños, no empiezan a comunicarnos con el mundo exterior hasta muy tarde.

Seguramente existen personas que fallecen con cien años, que no lograron su máximo desarrollo cognitivo, es decir, todas las potencialidades de entender el cuerpo propio, el cuerpo de los demás y al resto de la naturaleza de la que formamos parte.

La filosofía predominante en nuestras culturas occidentales, apela a la violencia en gran medida. Hasta los más subdesarrollados saben aplicarla.

Cuando no logramos que el niño vea lo que está mirando, que oiga lo que está escuchando, tratamos de aumentar los estímulos correspondientes agregándoles algo de dolor (como si fuera un condimento): le pegamos, le gritamos, le privamos de lo que más desea.

Uno podría preguntarse: ¿Por qué a los niños y jóvenes les cuesta tanto interesarse por el entorno? ¿Por qué son tan malos estudiantes durante la escuela y el liceo?

Hasta donde puedo entender, hacen eso porque son realmente inteligentes, sanos, normales. Si no actuaran así, habría que dudar de ellos.

Un ser humano sano, inteligente y normal,

— le presta más atención a lo que más le gusta;
— responde a los estímulos específicos que necesita;
— es razonable y pregunta, pide explicaciones, negocia;
— se resiste al autoritarismo.

Nuestra cultura no puede explicar:

— por qué la prohibición del incesto (1);
— para qué hay que tener conocimientos de utilidad desconocida.

 
(Este es el Artículo Nº 1.664)

sábado, 4 de agosto de 2012

El temor al dinero y al incesto



El temor al dinero (crematofobia) es en realidad el temor a nuestro deseo incestuoso de tener relaciones sexuales con nuestra madre.

Existe la palabra «crematofobia», de la que no he podido saber mucho porque el Wikcionario (1) apenas la menciona.

Según esta referencia, significa «fobia o miedo al dinero».

Extrañamente además, es sinónima de otra palabra fonéticamente muy similar: «crometofobia».

El Diccionario de la Real Academia Española aún no la ha incorporado y creo que no lo hará, porque parece una de esas palabras que alguien inventa juntando otras dos.

Hace un tiempo les comentaba en otro artículo (2) la reciente costumbre de cremar los cadáveres en cumplimiento de esa voluntad expresada en vida.

El texto referido terminaba diciendo textualmente: «…para comentar que nuestra última voluntad es transgredir la prohibición del incesto al pedir que nuestras cenizas (polvo) se esparzan (se eche) en la (madre) Tierra.»

En este artículo compartiré con ustedes una idea que se desprende de las anteriores.

Nuestra mente percibe la realidad en forma bipolar (3), dividida en dos. A veces conocemos ambos polos pero otras negamos uno de ellos (por antipático, peligroso, desagradable).

Si de algún modo nuestro inconsciente se las ingenia para transgredir la prohibición del incesto, inspirando el deseo de ser convertido en cenizas (polvo) al final de la vida, esa bipolaridad también puede inducirlo a temer tal solución transgresora.

Teóricamente tenemos permiso para pensar que la crematofobia es un temor al dinero porque otra palabra derivada, que podría ser «crematofilia»,   significaría el deseo de que nuestro cuerpo desvitalizado sea cremado, convertido en polvo para ser echado en la madre Tierra.

Podríamos concluir que el temor al dinero es en realidad el temor a nuestro deseo incestuoso principal, es decir, el deseo que sentimos hombres y mujeres de tener relaciones sexuales con nuestra madre (4).


     
(Este es el Artículo Nº 1.629)

El pecado y el pecador



Porque «El pecado está en la mente del pecador», nuestra honradez debe permanecer fuera de toda sospecha.

Conocemos el proverbio: «Las cuentas claras conservan la amistad».

Existe otro proverbio que afirma: «El pecado está en la mente del pecador».

Con estos dos ingredientes podemos extraer una conclusión, propia de la filosofía cotidiana, de la sabiduría popular: si tenemos que cuidar la administración del dinero, tenemos que ser especialmente cuidadosos cuando exista la posibilidad de que alguien desconfíe de nuestra honradez.

Esta cuestión ya la insinué en otros artículos cuya lectura recomiendo. (1)

El asunto se parece a un líquido o gas inflamables. Hemos podido observar que, en aquellos lugares donde están presentes estos elementos,  abundan los carteles que informan sobre el peligro: cualquier chispa puede convertir el lugar en un caos infernal.

Este estado «combustible» es el que padece nuestra psiquis cuando hemos tenido fantasías, sueños, imaginaciones de robarle nuestra amada madre a nuestro padre y a los hermanos.

El deseo de raptarla, para quienes vivimos en una cultura donde está tan condenado el incesto que no se puede ni mencionar, es algo que necesitamos olvidar radicalmente, como si un cirujano nos hubiera extirpado aquellas aspiraciones.

Porque nuestra memoria se encargó de realizar esta «cirugía radical» es que muchos no pueden creer que yo escriba tan libremente sobre algo que ellos no tienen ni noción y hasta los enoja que alguien (yo) insista con el tema.

El motivo de este artículo es explicar por qué hay que tener tanto cuidado con la administración de dinero ajeno, especialmente cuando un error nuestro puede perjudicar los intereses de otros.

Quien descubra, sospeche o ponga en duda nuestra más absoluta honradez, rápidamente se incendiará con aquel deseo personal de «quedarse con la madre», «robarla», «raptarla».

«El pecado está en la mente del pecador».

   
(Este es el Artículo Nº 1.620)