martes, 24 de julio de 2012

La vida cómoda nos hace indolentes



La prohibición del incesto es una molestia que nos autoimponemos para estimular nuestra productividad.

Tratemos de entender algo que todos padecemos pero que nunca nos explicaron por qué tenemos que padecerlo.

Todos nuestros compañeros mamíferos carecen de esta restricción tan penosa. A una oveja, a una yegua, a una vaca no se le ocurre averiguar los posibles vínculos familiares que tiene con el futuro padre de sus hijos.

Todos los seres vivos se reproducen sin ninguna prohibición del incesto. Lo único que se nos ha ocurrido es decir que los humanos somos diferentes, superiores al resto, y que si mezclamos nuestras «maravillosas» sangres familiares, seremos castigados por un ser también «maravilloso» (Dios), con una prole defectuosa, enferma, monstruosa.

Toda una historia «maravillosamente» disparatada.

Pero alguna razón debe existir para que, desde tiempos inmemoriales, una mayoría de humanos rehúse reproducirse con familiares (padres, hermanos, tíos).

Una hipótesis en la que podríamos apoyarnos transitoriamente, hasta que surja otra mejor, es que los humanos somos la especie más imperfecta, además de ser la más vulnerable porque nacemos varios meses antes de estar suficientemente aptos para valernos por nosotros mismos.

Somos la más imperfecta porque no tenemos «control de ambición instalado». Si bien comemos hasta saciarnos, dormimos hasta que recuperamos nuestras fuerzas y trabajamos hasta que nos jubilamos, no estamos conformes con nuestro rendimiento y con el rendimiento de los demás integrantes de la sociedad.

Efectivamente, los humanos nos presionamos mutuamente para que trabajemos más, ahorremos más, paguemos más impuestos, toleremos mejor los errores de los gobernantes, demos nuestras vidas defendiendo la patria (léase: defendiendo los intereses de los «dueños» de la patria).

La prohibición del incesto fue creada para estimularnos obstaculizando nuestra «única misión»: reproducirnos (1).

En suma: Obstaculizamos nuestra sexualidad porque si fuera más fácil (endogámica), seríamos aún más indolentes, perezosos, improductivos.


(Este es el Artículo Nº 1.595)

lunes, 23 de julio de 2012

La legalización de la marihuana o el incesto


Legalizar el consumo de marihuana después de haber estado prohibido, atemoriza al confundirlo con una «legalización del incesto».

Aunque tengo la suerte de vivir en Uruguay, el trabajo psicoanalítico que publico diariamente en estos blogs refiere a temas que conciernen a los hispano-parlantes de todo el mundo, sin olvidarme de la pequeña República de Guinea Ecuatorial (África Central), que también fue una colonia española pero que obtuvo la independencia recién en 1968.

El presidente de mi querido Uruguay (José Mujica), propuso la legalización del consumo de la marihuana y eso generó múltiples comentarios en todo el mundo, …porque no hubo otras noticias más importantes.

Todos los hispano-parlantes somos humanos y por eso tenemos características comunes aunque insuficientes para ponernos de acuerdo.

Los comentarios más llamativos que generó la propuesta presidencial son de oposición a la legalización de ese producto, fuertemente asociado al placer, a las drogas adictivas, al narcotráfico y a la moral.

Comparto con ustedes dos comentarios:

1º) Si pudiéramos pensar que nuestra situación actual contara con la prohibición de la producción, comercialización y consumo de vino (de uva), surgirían las mismas voces escandalizadas ante cualquier propuesta de legalización.

Los efectos del vino no son tan diferentes a los de la marihuana, sin embargo cuenta con la bendición popular por motivos históricos, religiosos y mayoritariamente desconocidos.

Si pensáramos seriamente en las diferencias objetivas que existen entre la producción, comercialización y consumo de vino o de marihuana, no podríamos encontrar diferencias tan importantes como para que uno sea legal y el otro no.

2º) Este argumento es el más importante aunque el menos popular.

Legalizar la marihuana (o cualquier otro generador de placer) después de haber estado prohibida, provocaría en el inconsciente de millones de personas la creencia en que «se legaliza el incesto», por lo cual MORIRÍAMOS de placer.

(Este es el Artículo Nº 1.611)

Sindicato onírico


Hace meses que una junta médica integrada por psiquíatras decidió darme una licencia tan prolongada como sea necesario para que pueda recuperar mi contacto con la realidad en tanto hace meses que no puedo salir de mis fantasías.

Todo comenzó cuando elegí un relato que redacté hace más de cinco años, lo publiqué en el blog que destino a esos textos (1) y me olvidé del asunto.

Me olvidé por unos pocos días porque, como suele ocurrir, fui visitado en sueños por los personajes que en este caso son tres.

Lo que no suele ocurrir es que los personajes se me presenten en actitud corporativa, formando una especie de mini-sindicato, con algunas peticiones desusadamente pragmáticas aunque en realidad yo preferiría denominar «atrevidas e insolentes».

El relato conflictivo refiere a una señora que, para aproximarse sexualmente a su analista (también mujer), no tuvo mejor idea que contarle por teléfono un intento de violación que ella imaginó recibir de su hijo varón.

La protesta de los personajes gira en torno a que yo me dejé llevar por la prohibición del incesto que padecemos quienes no somos de ficción como ellos (los personajes).

El joven violador está muy ofuscado porque lo bauticé Zacarías y, según él, cuando forcejeó con la madre para quitarle la ropa interior, yo no permití que él pudiera desnudarla, pero irresponsablemente pretendí que fuera el propio joven quien estuviera destinado a ese fracaso porque el nombre «Zacarías» ya está anunciando que el chico «sacaría» esa ropa interior si no fuera tan inhibido.

Por su parte Zulma, la madre que imaginó la violación, protesta porque ella desea realmente a su único hijo. Ellos me señalan acusadoramente diciéndome que el complejo de Edipo mal resuelto lo tengo yo, no ellos.

Para terminar, Zulema, la psicoanalista, los apoya con vehemencia diciéndome que no tengo agallas para soñar ni siquiera cuando duerno, que ella también está frustrada porque los privé cobardemente de disfrutar un encuentro sexual entre los tres, que tan divertidos son para quienes tienen el coraje de ser libres y abandonar la posición de esclavos de los prejuicios y de la moral mojigata.

Seguramente mi censura onírica no pudo con todas estas peripecias y dejó de proteger mi descanso. Me desperté malhumorado y pensando que esta licencia por enfermedad va para largo.


(Este es el Artículo Nº 1.609)

La agresividad y la prohibición del incesto


La agresividad y la prohibición del incesto funcionan como estímulos que nos permiten defendernos y reproducirnos, respectivamente.

Porque somos una especie muy vulnerable, afectados además por la conciencia de que somos muy vulnerables, tenemos que ser agresivos para tonificar compensatoriamente nuestra debilidad.

En este desempeño (ser agresivos para compensar nuestra debilidad constitutiva), también perecen otros humanos, porque tienen mala suerte o porque son excesivamente débiles y «no son aptos para vivir» (no son viables).

Ocurre cuando un delincuente actúa como sicario (asesino por encargo), o como rapiñero (robo violento), o cuando un ciudadano común actúa negligente o imprudentemente provocándole un grave daño a otros.

Ocurre cuando un gobernante se deja llevar por sus ambiciones imperialistas y hace matar a sus jóvenes soldados luchando por una causa que solo la historia se encargará de encontrar injustificada, pero que mientras los acontecimientos bélicos ocurren una mayoría los aplaude.

La agresividad dentro de nuestra especie es semejante a la prohibición del incesto.

Tanto una como la otra resultan ser circunstancias penosas, irritantes, condenables, pero en los hechos podemos observar que contribuyen a fines superiores que nos benefician: con la agresividad compensamos nuestra natural vulnerabilidad y con la prohibición del incesto potenciamos nuestro instinto reproductivo mediante la exacerbación de la sexualidad reprimida.

Para que la agresividad y la prohibición del incesto cumplan sus objetivos superiores, es imprescindible que funcionen como estímulos dolorosos. Es preciso que la agresividad sea condenada y que la prohibición del incesto merezca un respeto atemorizado.

Si alguien, apelando al control mental, a recursos religiosos o a alguna disciplina esotérica, lograra moderar en sí mismo la fuerte reacción que nos provocan la agresividad y el incesto, esa persona quedaría expuesta a morir por causa de la más mínima amenaza o a carecer de deseo sexual (apatía, alexitimia, impotencia).

Otras menciones del concepto «prohibición del incesto»:


Por qué cuesta ‘un ojo de la cara’
   
(Este es el Artículo Nº 1.607)

La excitante represión sexual


Nos cuesta saber qué deseamos y, para mayor confusión, la represión sexual, (incluida la prohibición del incesto), potencian nuestros deseos sexuales.

No es nada sencillo saber qué deseamos, aunque todos tenemos la sensación de que sí lo sabemos.

La causa de esta imprecisión está en que, como he mencionado varias veces, no somos responsables de lo que queremos sino que es la naturaleza la que, en cada ocasión, nos instala algún deseo (viajar, hacer el amor, golpear a un agresor).

Reconozco que no es fácil aceptar esta idea (determinismo) por ser tan opuesta a la ideología dominante.

En los hechos, primero nuestro cuerpo recibe la orden de conseguir, por ejemplo, helado de frutilla o algo similar, luego tomamos conciencia de que nos gustaría «comer helado de frutilla», tratamos de conseguirlo y nos lo comemos.

Nuestra mente (tan eficaz para equivocarse), cree que fue una decisión personal y no se da cuenta que primero estuvo la naturaleza instalando las ganas de comer helado de frutilla y solo después tomamos conciencia (no decidimos) y nos abocamos a satisfacer esa demanda.

Si no sabemos qué deseamos es porque la orden de la naturaleza nos resulta poco clara. Por ejemplo, Ella nos induce a estudiar Arquitectura, Experto en Sanitaria o Revestidor de frentes, pero no sabemos bien qué es lo que terminaremos haciendo. Por eso decimos que «no sabemos lo que deseamos».

Existen además otros motivos para que no nos sea sencillo saber qué deseamos.

No sabemos bien por qué en nuestra especie existe «la prohibición del incesto», pero intentaré dar una explicación.

Para los humanos, todo lo prohibido es excitante y nada mejor que implementar algún tipo de prohibición de la sexualidad para que los humanos corramos a tener sexo.

En suma: La represión sexual existe para que seamos sexualmente muy activos.

(Este es el Artículo Nº 1.602)